viernes, 23 de octubre de 2009

Mi mamá me mima


La frase del título, que estaba en todos los libros escolares de las primeras letras, parece que perdió vigencia.
Así nos lo cuenta Liliana Viola en: La peor mamá del mundo me mima.
Allí dice:

Había una vez, hace muchísimos años, un pacto tácito en la literatura infantil por el cual las madres –y muchos padres también– quedaron excluidos de todos los cuentos. Para ser protagonista había que ser huérfano. Desde Tom Sawyer hasta Harry Potter, existe toda una legión de niños y niñas solos, abandonados o directamente “sin madre” como El Principito, que debieron transitar por esta ausencia para llegar a lo que llegaron. La orfandad es un siniestro fantasma para los lectores –que Disney supo llevar a la pantalla y al paroxismo con Bambi, Dumbo y El Rey León– y una coartada que le asegura al protagonista del cuento el libre albedrío. Impulso brutal hacia la peripecia que despierta compasión y admiración en quien le siga los pasos, dos sentimientos clave para alentar la lectura. Justifica el paso temerario hacia un destino que nunca es más peligroso que el dolor de no tener familia, pero infinitamente más interesante. La ausencia de padres en las ficciones es también el equivalente de esa advertencia que hacen los escapistas: “No lo haga en su casa”. Si Tom Sawyer se aventura río abajo es porque no tiene madre. Si Pinocho cambia la escuela por las luces del teatro es, en parte porque no es un niño de verdad, no tiene madre. Los padres no están puestos en tela de juicio, simplemente han sido suprimidos. Los niños capitalizan sus valores y se libran del estorbo. Pagan por eso y crecen.

Dicho pacto secreto se cumple tanto en los libros escritos especialmente para la infancia como en los que se le fueron adecuando: Robinson Crusoe (1709) y Gulliver (1726) representan las pioneras ventajas de la orfandad: la posibilidad de crearse a sí mismo, de recorrer los más diversos mundos o sobrevivir a la selva, eso sí, llevando en el bolsillo la herencia de una educación como quien lleva, no el saquito o la manzana con la que nos corre la madre protectora, sino un abrelatas. En Moby Dick no hay madre, salvo que se interprete a la ballena como imagen materna, y no hay grandes madres en Salgari ni en Julio Verne. Entrando en el siglo XX hicieron su aparición Tarzán, Batman y toda una camada de superhéroes solitarios, que según algunos analistas llegaron para paliar la desatención de los niños varones en épocas en que los padres comenzaban a dedicar más horas al trabajo. Una especie de dosis de masculinidad administrada en capítulos.

Texto completo: =>MATAR A LA MAMA
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